Registrarme
Shows | Lun, 12 de Nov de 2007

Björk Lo imposible realmente existe


Fecha: 4 de noviembre de 2007 – Teatro Gran Rex, Buenos Aires

Son las 21. Mientras el público se acomoda, y tímidamente se consultan unos a otros para ver si están en el asiento indicado debido a la falta de numeración en los mismos, en el escenario se observa a un grupo de técnicos ubicando los últimos detalles. La estética del escenario, aunque poco iluminada, se deja espiar y pueden verse algunos telares que recuerdan tiempos medievales.
El telón se cierra mientras el público sigue llegando y un ejército de vendedoras van fila por fila ofreciendo merchandising oficial. El acceso es rápido y ordenado. El público es variado, y se destaca por un gran porcentaje de mujeres y personas muy lookeadas, acordes a una velada atípica.
Las luces se apagan, el telón comienza a abrirse, y desde la izquierda hacen su entrada las Wonderbrass: diez islandesas encargadas de los vientos. Su vestuario posee la estética de la tapa de Volta, la última producción de Björk. Portan unos livianos estandartes que se mecen al son de su paso y tocan una introducción que en conjunto con la estética visual comienza a transportarnos a otro lugar.
De repente entra ella: resplandeciente, jovial; el público estalla en euforia y todo el Gran Rex se pone de pie. Lo que sucede a continuación no es imaginable ni siquiera para quien ha escuchado todas sus producciones: la presencia y armonía que posee su voz en vivo es irreproducible.
Comienza cantando “The anchor song” a capella sobre el grupo de vientos que la rodea, y la euforia del público se ve avasallada y acallada de repente, como para no perderse ningún detalle. Los músicos, además de lucirse con sus vientos y coros, también se articulan con Björk en un todo coreográfico que se encadena visualmente al sonido con una sincronía admirable.
La fidelidad y claridad del sonido son impactantes, y lo altísimo de los instrumentos no logra opacar ni tapar ni por un segundo la maravillosa voz de Björk. Se la ve contenta, etérea, se mueve y baila sin descanso, sonríe. Imposible no quedar obnubilado ante su presencia.

Suena “Jòga” y la gente, que ya logró salir de su shock inicial, se pone de pie y baila. Surgen flashes, celulares, y cámaras por doquier, y al finalizar el tema, Björk toma la palabra y en un tono muy íntimo dice algo así como: “Se hace muy difícil cantar con tanta gente filmando el show. Por favor, estén aquí con nosotros ya que es muy difícil conectar con quien que está en otro lugar”. Sensibilidad y empatía en extremo por un lado, vergüenza colectiva por el otro. Las manos se mueven agitadas y casi no quedan cámaras a la vista.
La noche continúa y el sonido va transitando desde lo lírico e instrumental hacia una fusión con los sonidos electrónicos más experimentales. A las luces tradicionales se le suma un juego de lásers que se mueven en sincronía con el beat de la música, la danza de Björk, y sus músicos. Aquí hace su entrada otro agradable detalle: tres pantallas de plasma muestran lo que el programador/DJ está haciendo. Su trabajo, en lugar de ser todo a escondidas en su Mac y a puro mouse, es realizado por intermedio de una interfase táctil la cual es filmada desde arriba. En las pantallas pueden verse sus dedos moviéndose en sincronía absoluta con los cambios que los mismos generan en la música, dejando bien en claro la respuesta al retrogrado planteo de si “está tocando o no”.
El show gira efervescente. El público se para de nuevo al son de “I miss you”, donde el DJ/programador cambia de lugar sacando a relucir el “juguete” que todos esperaban ver: la “ReactTable”. Obviamente también es filmada desde arriba para que todos vean lo que está haciendo. El sonido es potente y de ahora en más no habrá descanso para nadie, todo será impactante y destinado indefectiblemente a la danza. El ritmo es frenético y no estaría de más decir que Björk y sus 14 músicos constituyen una verdadera máquina de sonido.
Luego de la frenética “Pluto”, los músicos se retiran y llega el bis. Parece que todo se acaba, los músicos reingresan en fila como para saludar al mejor estilo obra de teatro. Björk los presenta y lo que parecía despedida termina en la nuevísima “Declare independence” presentado como “una última canción de cuna”, y tocada con toda la furia, acompañada de una increíble explosión de papelitos amarillos que asemejan a una lluvia de estrellas.
Y así, bailando más que en la mejor de las fiestas, y con la sensibilidad y la percepción estimuladas al máximo, la noche llega a su fin. El recorrido fue cuesta arriba y muy intenso. La hora y media de show se pasó más que rápido para las 3000 personas que lo presenciaron. Aun así nadie se fue con el corazón vacío, Björk se encargó de devolver, al menos sentimentalmente, cada centavo del polémico precio de la entrada.
Lo que sí quedan son ganas de que ese momento dure para siempre, de vivir eternamente en esa experiencia audiovisual inigualable en la que uno termina totalmente inmerso y siendo parte, diferente a cualquier otro recital. También queda la duda de si después de ver algo así el resto de los recitales volverán a ser lo que eran, o si por comparación terminaran dejando siempre gusto a poco.

  • Comentá usando facebook ()
  • Comentá usando RR (0)
Usuarios a los que les gusta el artículo